Seguridad y viajar sola: es realmente peligroso?



Año a año viene creciendo la cantidad de mujeres que viajan solas. Ya no es algo raro ni excepcional. En mis propios viajes conozco muchas viajeras que, como yo, eligen un estilo de vida más nómade, pero también a mujeres que simplemente deciden hacer un viaje solas, aunque sea una escapada corta.

Este fenómeno no pasa desapercibido. La industria turística ya empieza a tomarlo como un segmento importante y, al mismo tiempo, hay cada vez más información disponible y más personas hablando sobre el tema. Sin embargo, algo que vengo notando hace tiempo es que, casi siempre que se habla de mujeres viajando solas, el enfoque termina siendo uno solo: la seguridad.

Viniendo desde Latinoamérica, esto se entiende muy bien. Cuando le contás a alguien que estás planeando viajar sola, lo primero que suele aparecer no es una pregunta por el destino o por el tipo de viaje, sino comentarios como “¿estás segura?”, “cuidate mucho”.A mí también me pasa. Cuando comparto mis experiencias de viaje, muchas veces recibo respuestas del estilo: “¿y te fuiste sola?… qué valiente”. Ese tipo de comentarios no son inocuos. 

En ese marco, es bastante lógico que antes de viajar sola por primera vez aparezcan miedos, dudas o ansiedad. No porque seamos exageradas o inseguras, sino porque vivimos en una sociedad que insiste en recordarnos constantemente que el mundo es peligroso para nosotras.

En este artículo vamos a hablar de los riesgos que existen cuando viajamos solas y de algunas formas de planificar para minimizarlos. Pero antes, vale la pena hacerse una pregunta clave: ¿realmente es inseguro viajar sola?


La inseguridad de viajar sola: qué dicen los datos

Es innegable que las mujeres ocupamos un lugar de mayor vulnerabilidad en la sociedad y que estamos más expuestas a recibir distintos tipos de violencia solo por el hecho de ser mujeres. Eso no está en discusión. La pregunta es si ese riesgo aumenta cuando estamos viajando.

Busqué información por distintos lados y no encontré registros específicos de violencia contra mujeres asociada al turismo, ni estadísticas sobre ataques en hostels u otros alojamientos turísticos. Lo que sí sabemos es que, según datos de la Organización Mundial de la Salud, la mayoría de los casos de violencia contra las mujeres se da en entornos cercanos: dentro del ámbito familiar, con personas conocidas, y en menor medida en contextos laborales.

Por otro lado, los observatorios turísticos sí señalan que cuando estamos viajando —tanto hombres como mujeres, en general como turistas— somos más propensos a sufrir cierto tipo de delitos, en su mayoría vinculados a robos, hurtos o estafas, muchas veces de tipo oportunista. Sin embargo, no aparecen registros que indiquen un aumento específico de la violencia contra mujeres asociado al hecho de viajar.

También es cierto que cada tanto aparecen en los medios noticias de casos puntuales de turistas que atraviesan situaciones graves o incluso horribles. No se trata de negar que esas cosas ocurren. Pero algo parecido pasa, por ejemplo, con el miedo a volar: de vez en cuando se destaca la noticia de un avión que se cayó, aunque sabemos que se trata de un porcentaje muy pequeño en relación con la cantidad total de viajes que se realizan.

La verdad es que no es fácil ver la imagen completa cuando no contamos con datos específicos. Pero, aun así, se podría decir que la vulnerabilidad que sufrimos las mujeres no parece ser inherente al hecho de viajar, sino que está presente también en nuestra vida cotidiana.

Al viajar, en realidad, no es que necesariamente estemos expuestas a más riesgos, sino que muchas veces tenemos una menor capacidad de respuesta: estamos lejos de nuestra casa, de nuestros vínculos y de los recursos habituales. Y eso es lo que suele generar miedo.


¿Qué riesgos vienen asociados al viajar?

Viajar implica un desplazamiento. Salimos de una zona conocida —nuestro entorno cotidiano— para movernos en un lugar nuevo. Y ahí aparece el primer punto clave: no sabemos cómo es el lugar al que vamos.

No conocemos su geografía, cómo movernos, qué zonas conviene evitar o si es un lugar por el que se puede caminar tranquila de noche o no. Cuando no conocemos bien el entorno en el que nos vamos a mover, es mucho más difícil anticipar y controlar los riesgos.

A eso se suma que, al viajar, muchas veces tenemos una menor capacidad de respuesta. Dependemos más del teléfono: para ubicarnos, para comunicarnos, para acceder a información y hasta para pagar. Al mismo tiempo, no conocemos a nadie en el lugar. Esa combinación de estar ‘desconectada’ de lo conocido y no tener a quién recurrir en el lugar es lo que realmente construye la sensación de inseguridad. No es el destino, es la soledad logística.

También entran en juego las barreras idiomáticas y culturales. No entender del todo el idioma o las dinámicas locales puede generar malentendidos y dificultar la comunicación, especialmente en situaciones imprevistas.

Por último, está el cansancio. Viajar implica exponerse a entornos nuevos, estar más alerta de lo habitual y tomar decisiones todo el tiempo. Después de un vuelo largo, escalas, horas de espera en aeropuertos y traslados, lidiar con todo esto puede ser agotador, y la fatiga termina amplificando cualquier dificultad.


Cómo reducir riesgos al viajar sola: logística y carga mental

Viajar sola es, básicamente, ser CEO de tu propia logística 24/7. Desde el momento en que dejamos nuestro hogar, empezamos a depender únicamente de nosotras mismas. Y, aunque no siempre seamos conscientes, cuando nos vamos de viaje tomamos un montón de microdecisiones todo el tiempo.

Estamos atentas a los entornos por los que nos movemos, evaluando situaciones, ubicándonos, resolviendo lo inmediato. Esa atención constante, sumada al desplazamiento y a lo nuevo, puede generar fatiga física y mental.

Por eso, el viaje —y sobre todo la transición— suele fluir mucho mejor cuando ya tenemos algunas cosas clave planificadas antes de salir de casa. Planificar no solo reduce la cantidad de decisiones que tenemos que tomar sobre la marcha, sino que también ayuda a calmar la ansiedad de no saber a dónde vamos a llegar, porque nos permite movernos con un panorama un poco más claro.


Qué cosas tengo definidas antes de viajar

Comenzando por lo más importante: el hospedaje. Elegir en qué barrio o zona quedarnos no es un detalle menor. Va a influir directamente en la sensación de seguridad que tengamos a lo largo de la estadía y, además, suele representar alrededor de un 40 o 50% del presupuesto total del viaje.

Cuando voy a un lugar nuevo que no conozco y no tengo referencias claras sobre los barrios, suelo usar un recurso bastante simple. Entro a Booking (o a cualquier buscador de hospedajes), marco el destino y las fechas, y en lugar de mirar alojamiento por alojamiento, voy directo a la vista de mapa. Las zonas donde hay mayor concentración de hospedajes suelen ser áreas más turísticas y, en general, más seguras. Una vez identificadas esas zonas, después las confirmo con una búsqueda rápida en Google.

A partir de ahí, también empiezo a filtrar según lo que quiero hacer en el destino. Si es un lugar de playa, miro la cercanía al mar o a los balnearios. Si es una ciudad grande, busco alojamientos cerca de los atractivos que me interesan: museos, zonas históricas, puntos culturales. Esto va a depender mucho de qué tipo de viaje quieras hacer.

En Latinoamérica hay algo más a tener en cuenta. En muchas ciudades grandes, los cascos históricos y los edificios turísticos más importantes suelen marcar lo que conocemos como el centro. No pasa en todos los destinos, pero sí en muchos. Estas zonas suelen concentrar más actividad comercial, más movimiento de gente y, por lo tanto, mayor exposición a robos. Son áreas clave para recorrer y conocer, pero no necesariamente las más convenientes para hospedarse. Muchas veces lo que en el mapa parece ‘cerca de todo’ por ser el centro, termina siendo una zona que a las 7 de la tarde cierra sus persianas y te deja caminando sola por calles vacías. Por eso prefiero barrios residenciales, un poco más costosos, pero con más vida y sensación de seguridad durante todo el día.

Otro de los factores que sí o sí merece una investigación antes de salir de casa es cómo voy a llegar del aeropuerto o de la terminal hasta mi hospedaje.

Este suele ser un momento crítico del viaje. Generalmente llegamos cansadas, después de varias horas de traslado, y además los aeropuertos y terminales suelen estar ubicados en zonas alejadas de la ciudad. Dejar que este tramo “fluya” puede terminar en alargar innecesariamente un viaje que ya debería haber terminado y, muchas veces, en gastar más de lo previsto.

Para evitar exponerte a estafas o robos, lo mejor es tener decidido de antemano qué medio de transporte vas a usar, o al menos contar con varias opciones posibles. En el momento, podés cotizarlas y elegir la que te resulte más conveniente.

Los taxis suelen ser seguros en términos prácticos, pero es cierto que en muchos destinos existe un mayor riesgo de estafas, con tarifas infladas para personas extranjeras que no conocen los precios reales. Por eso, si es una opción disponible, yo suelo preferir autos de aplicación. También conviene investigar si hay transporte público accesible desde el aeropuerto o la terminal. No siempre es la mejor alternativa, pero vale la pena evaluar cuánto tiempo demora y cómo funciona.

Una herramienta muy útil para esto es Google Maps. Ahí podés simular el horario aproximado de llegada, ver las frecuencias del transporte público y tener una idea clara del tiempo que lleva cada opción, hasta descargar el mapa y tenerlo en tu teléfono aún si falla la conexión a internet. También es importante averiguar cómo se paga el transporte: si se usa tarjeta, si se puede pagar desde el teléfono, si necesitás efectivo o cambio.

En estos momentos de traslado, donde solemos estar más vulnerables, la conectividad es clave. Antes de viajar, conviene verificar con tu compañía de teléfono si tu plan incluye roaming, si tenés la opción de contratarlo o si vas a necesitar comprar una tarjeta SIM al llegar. La mayoría de los aeropuertos ofrece Wi-Fi gratuito, lo que permite avisar que llegaste bien, pero el trayecto desde el aeropuerto hasta el hospedaje es justamente uno de los momentos en los que sí conviene tener datos móviles activos.

Conectividad como respaldo: una preocupación menos

En los últimos meses empecé a escuchar cada vez más sobre el uso de eSIMs para viajar sola, sobre todo en charlas con otras viajeras. Hace poco, por ejemplo, hablando con una chica de Suiza que llevaba varios meses viajando sola por Latinoamérica, me contaba que había optado por usar una eSIM desde el inicio del viaje y que eso le resolvió un problema clave: la conectividad. No tuvo que depender de conseguir chips físicos al llegar a cada país ni de que su plan funcionara con roaming, y pudo moverse tranquila sabiendo que siempre iba a tener datos activos.
La eSIM es un chip digital que se activa escaneando un QR y funciona como una muy buena opción de respaldo si tu plan no incluye roaming internacional o si no querés depender de encontrar dónde comprar una SIM local —algo que, en algunos países de Latinoamérica como Perú, no es tan simple para turistas—. En ese sentido, tener los datos resueltos de antemano reduce bastante la carga mental en momentos sensibles del viaje, como llegadas, traslados y primeros días en un destino nuevo.

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La dependencia digital al viajar

Cuando estamos lejos de casa, el celular se convierte en mucho más que un simple medio de comunicación. Pasa a ser nuestro puente con casi todo y una herramienta clave para que el viaje funcione.

Puede parecer una observación obvia, pero no siempre nos detenemos a pensar en esto antes de salir. Recién cuando algo falla —por ejemplo, si perdemos el teléfono— dimensionamos hasta qué punto dependemos de él. Sin celular, muchas veces no tenemos cómo comunicarnos con nuestra familia o con el trabajo, no podemos acceder a nuestras cuentas bancarias ni a las billeteras virtuales, perdemos el acceso a redes sociales y, en algunos casos, ni siquiera sabemos cómo volver al hospedaje porque no recordamos la dirección y no tenemos un GPS que nos guíe.

Perder el celular sí puede ponernos en una situación de riesgo, o al menos dejarnos muy expuestas y con menor capacidad de respuesta. Y muchas de esas situaciones se pueden evitar con una logística mínima.

Algo tan simple como llevar anotados en papel teléfonos importantes, direcciones y datos básicos puede salvarnos el día, literalmente. No requiere dinero ni grandes preparativos: solo tomarse un rato antes de viajar y guardar esa información en uno o varios lugares.

Esto mismo también aplica a los medios de pago. Pagar por aplicación o de forma digital suele ser lo más rápido y práctico, y muchas veces evita tener que pasar por casas de cambio o bancos para extraer dinero. Eso es real y facilita mucho el viaje.

Pero, al mismo tiempo, no conviene depender de una sola opción. Siempre que viajo, procuro llevar al menos algo de efectivo para imprevistos. También intento tener más de una billetera virtual en el teléfono, y que no todas estén visibles en el menú principal. Además, tengo acceso a mis cuentas bancarias y billeteras desde la computadora, por si alguno de esos medios falla, y llevo tarjetas físicas como respaldo para situaciones en las que el pago digital no funciona.

La realidad es que todos los medios de pago digitales —ya sean billeteras virtuales o tarjetas— son susceptibles a caídas del sistema. Me pasó con distintas plataformas y más de una vez. Por eso, tener una alternativa disponible no es exagerado ni paranoico: es parte de una logística básica que puede ahorrarnos muchos problemas durante el viaje.


Compartir tus planes

Esto es algo que muchas mujeres ya hacemos en nuestra vida cotidiana, casi de forma automática. Pero cuando estamos viajando, cobra todavía más importancia.

Ya sea que vayas a salir a hacer una caminata en la naturaleza, que te muevas a un barrio más alejado del lugar donde te estás hospedando o que tengas pensado volver tarde, conviene que al menos una persona sepa cuáles son tus planes para ese día y, si es posible, en qué horarios esperás regresar. Puede ser alguien de tu red de familiares o amistades, pero también es recomendable avisar en el hospedaje si hay una persona encargada o recepcionista.

Algo importante para aclarar es que también conviene avisar si no planeás volver esa misma noche al hospedaje. Habiendo trabajado en turismo, sé que la ausencia de una huésped sin aviso puede generar preocupación e incluso activar protocolos de emergencia sin que lo sepas. Con un aviso alcanza: no hace falta dar explicaciones, simplemente comunicarlo. Y si el cambio de planes surge sobre la marcha, está bueno estar atenta al teléfono por si desde el alojamiento intentan contactarse para chequear que estés bien.

No todo es negativo en esto. De hecho, algo que sí he notado es que en hoteles y hostels, cuando reciben a una mujer que viaja sola, suelen estar más atentos. En muchos casos, por los mismos miedos o preconceptos que existen alrededor de este tipo de viajes, el personal tiende a cuidarnos un poco más.

En situaciones puntuales en las que sentís que necesitás mayor resguardo, también existe la opción de compartir tu ubicación en tiempo real a través de aplicaciones como WhatsApp u otras que uses habitualmente. Incluso hay aplicaciones pensadas específicamente para esto, que permiten compartir ubicación de forma permanente o cuentan con botones de pánico. No se trata de vivir en alerta constante, sino de saber que existen herramientas simples para momentos concretos.


El descanso y los límites también son seguridad

Como ya vimos más arriba, cuando viajamos solas solemos estar más atentas al entorno, y eso demanda más energía. Estamos fuera de nuestra rutina habitual, caminamos más, nos movemos por lugares nuevos y recibimos muchos estímulos distintos. Todo eso genera cansancio, tanto físico como mental.

En esos momentos, algo que intento hacer siempre es no exponerme a situaciones que requieran un nivel alto de atención. No significa dejar de salir o quedarse encerrada, sino ajustar el tipo de actividades. Puedo pasear, recorrer, hacer vida de viaje normal, pero evito los tumultos, caminar sola de noche o usar transporte público en horarios pico o en zonas que todavía no conozco bien. Estar agotadas no nos vuelve incapaces, pero sí reduce la capacidad de reacción, y eso es algo a tener en cuenta.

También es importante aclarar algo: gestionar riesgos no es lo mismo que viajar con miedo. Viajar sola tampoco significa viajar aislada. De hecho, muchas veces los viajes en solitario facilitan el encuentro con otras personas y la creación de vínculos que pueden durar años. No se trata de evitar interacciones, sino de moverse con criterio.

Ahí aparecen dos puntos clave. El primero es entender que no le debemos simpatía a nadie. A muchas mujeres, especialmente en Latinoamérica, nos enseñaron a agradar, a suavizar, a conectar desde la amabilidad incluso cuando lo que queremos decir es no. Eso no suele ser una decisión consciente, sino algo muy incorporado. El problema es que, por evitar ser cortantes, a veces terminamos sosteniendo interacciones que no nos hacen sentir cómodas.

El segundo punto tiene que ver con reconocer señales. A veces, estando en un lugar o interactuando con alguien, aparece una sensación difícil de explicar: algo no termina de cerrar. Eso no es misticismo ni paranoia. Es el resultado de que nuestro cerebro y nuestro cuerpo están procesando información —gestos, actitudes, contextos— antes de que podamos ponerlo en palabras. Dar lugar a esa señal y retirarse de una situación es una decisión válida, no una exageración ni una falla personal.


Conclusión

Entonces, ¿es realmente peligroso viajar sola?
La respuesta corta es que viajar sola no es intrínsecamente más peligroso que otras formas de viajar, pero sí implica movernos en condiciones distintas a las de nuestra vida cotidiana. Cambia el entorno, cambia nuestra red de apoyo inmediata y cambia la forma en la que respondemos ante imprevistos.

La inseguridad que muchas veces asociamos al viaje en solitario no nace del destino en sí, sino de la combinación entre desconocimiento, cansancio y menor capacidad de respuesta. Por eso, gran parte de los riesgos se pueden gestionar con planificación, logística y decisiones conscientes, sin necesidad de vivir el viaje desde el miedo o la desconfianza permanente.

Viajar sola no es aislarse ni estar a la defensiva todo el tiempo. Es aprender a moverse con criterio, cuidar la energía, apoyarse en herramientas simples y darse permiso para poner límites cuando algo no cierra. No se trata de ser valiente ni imprudente, sino de viajar informadas, atentas y con recursos.

Y, sobre todo, entender que el viaje no nos vuelve vulnerables por definición. Nos desafía, sí. Pero también nos entrena, nos fortalece y nos muestra —una y otra vez— que somos perfectamente capaces de movernos por el mundo por nuestros propios medios.